viernes, 20 de junio de 2008

MENSAJE DE LA EMBAJADORA DE ACNUR - ANGELINA JOLIE

DÍA MUNDIAL DEL REFUGIADO - 20 DE JUNIO


Hace ocho años, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó el 20 de junio como el Día Mundial del Refugiado. Al conmemorar este día, recordamos la situación de millones de personas que se han visto obligadas a huir de sus países para salvaguardar su vida e integridad física.

En 2008, el tema central del 20 de junio será la PROTECCIÓN. Para ACNUR, la protección consiste en mejorar de un modo real las vidas de las personas desplazadas por la violencia. Consiste en proporcionar desde agua o un techo para cobijarse a quienes lo han perdido todo en la huida, hasta medidas legales que amparen a los que carecen de estatus legal, o dar apoyo a aquellos refugiados que quieren retornar a sus países.

En este Día Mundial del Refugiado ACNUR quiere lanzar un llamamiento de acción global. Queremos promover el compromiso a nivel de comunidades locales, de redes sociales y online, porque solo mediante la cooperación y la acción global conseguiremos mantener la protección internacional a refugiados, desplazados internos y solicitantes de asilo.

miércoles, 6 de febrero de 2008

ORÍGENES DEL CONFLICTO



Por Carolina Vergara Espinoza.

Darfur, que en árabe significa el hogar de los Fur, es una región situada en Sudán occidental, que limita con República centro africana, Chad y Libia. Está dividida en tres estados federados dentro de Sudán: Gharb Darfur (Darfur Occidental), Janub Darfur (Darfur Meridional), y Shamal Darfur (Darfur Septentrional).



Desde el siglo XIII hasta 1916, cuando se incorporó a Sudán, Darfur fue un sultanado independiente. En 1916 la corona británica incorpora el sultanado de Darfur a su colonia de Sudán. En las décadas posteriores la región de Darfur quedó excluida y sumida en el subdesarrollo ante el crecimiento industrial de las regiones algodoneras. En 1950, Sudán se independiza de Inglaterra.



Los antecedentes del origen del conflicto son diversos, por un lado tenemos la versión de la ONU que señala que la crisis de Darfur tiene complejas raíces políticas y sociales. Indica que más que un problema étnico, el conflicto que hoy enfrenta esta región del norte de África es una disputa territorial vinculada al aumento de la población y a la consecuente escasez de tierras. Las sequías persistentes agravaron las discordias, enfrentando a ganaderos y pastores. Afirma que el conflicto se agravó en marzo del 2003, cuando un movimiento de rebeldes lanzó ataques contra el gobierno sudanés. Más de cien soldados fueron asesinados. En respuesta, el ejército regular del gobierno llevó a cabo operaciones a gran escala y patrocinó acciones paralelas de una milicia irregular conocida como Janjaweed en contra de los rebeldes. Los Janjaweed son comúnmente señalados por los medios como los perpetradores de violaciones a los derechos humanos en el conflicto de Darfur. Sin embargo, Janweed es un término que también puede ser utilizado para describir pandillas criminales no necesariamente controladas por el gobierno o grupos Árabes que son contratados de manera privada por algunas aldeas para brindarles protección. Además agrega que los ataques del ejército y de los Janjaweed fueron dirigidos contra los tres grupos étnicos de quienes más apoyo recibían los rebeldes: los Fur (de los que toma su nombre el territorio), los Masaalit y los Zaghawa. El Movimiento de Justicia e Igualdad y el Movimiento de Liberación de Sudán son quienes combaten al gobierno Sudanés. El Movimiento de Liberación de Sudán (MLS) fue quien organizó la rebelión oficial contra el gobierno a partir de la que se generó el conflicto del 2003.



En el norte de Sudán, predomina la población nómada de origen árabe y en la región de Darfur conviven etnias negras africanas con población de origen árabe. Estas tribus negras se dedican principalmente a la agricultura, y comparten el territorio con varios grupos étnicos minoritarios de origen árabe, llegados a la zona posteriormente, conocidos como Baggara (literalmente, "los de las vacas") y dedicados sobre todo al pastoreo nómada.



Dentro de la otra versión, se señala que los conflictos interétnicos se deben sobre todo a la competencia por los escasos recursos de la zona, en especial el agua dulce (el Darfur forma parte de la región africana llamada Sáhel que se ha visto muy afectada por la desertificación desde la segunda mitad del siglo XX), y se han agudizado en los últimos decenios debido al considerable aumento demográfico y a las condiciones climáticas adversas. Durante las décadas de 1980 y de 1990 se produjeron varios enfrentamientos entre las poblaciones negra y árabe. Especialmente cruentos fueron los producidos entre 1985 y 1988, en los que se calcula que perecieron violentamente alrededor de 5.000 personas de etnia Fur y unos 400 árabes, coincidiendo con la terrible sequía y consiguiente hambruna que asolaron la región. Después de 1989, la llegada al poder en Sudán de un régimen militar de signo islamista alentó las esperanzas de las tribus árabes, y durante los años 90 tuvieron lugar varias guerras de dimensiones locales. Fue durante esta época cuando se organizaron los Janjaweed, grupos árabes paramilitares, que lanzaron numerosos ataques contra las comunidades Fur y Masaalit.



Los agravios de la población originaria de Darfur hacia Khartoum vienen desde antes que el reciente conflicto se desencadenará en febrero de 2003. En esas fechas, el largísimo y sangriento conflicto entre el norte árabe-musulmán y el sur negro-cristiano-animista sudaneses, se encontraba en vías de solución merced a la creciente implicación norteamericana en favor del Sur. El apoyo anglosajón al SPLA (guerrilla del Sur) desencadenó un proceso de paz que se inició en Machakos (cerca de Nairobi) en julio de 2002 y que ha cristalizado en julio de 2004 con el acuerdo de Naivasha. Los acuerdos entre el norte árabe-musulmán y el sur negro-cristiano-animista replantearon las bases de la estructura política del Sudán al cuestionar el, hasta entonces indiscutible, dominio de los árabes del norte sobre el resto del país. En efecto, los acuerdos firmados entre el norte y el sur replanteaban aspectos políticos (nueva esquema de representación política), económicos (nuevos criterios de distribución de riquezas), militares (reorganización del Ejército) y religioso-sociales (delimitación de los espacios de vigencia de la sharia o ley islámica y de las políticas de arabización: no en vano el portavoz del Ejército sudanés, general Mohamed Bachir Sulimán, (calificó como yihad la guerra contra el sur).
El acuerdo entre el norte y el sur tenía un alcance que iba mucho más allá de Sudán porque se trata de una línea de fricción entre el mundo árabe y el África negra. La constatación de que era posible replantear el sistema socio-económico-político sudanés y el equilibrio entre esos dos grandes espacios, hasta entonces sesgado en beneficio del norte árabe-musulmán, desencadenó unas energías, largamente aletargadas, en una de las regiones del África negra, Darfur, que había sufrido la hegemonía socio-económico-política del norte: Darfur (la “Casa de los Fur”), región del Este del Sudán fronteriza con el Chad. La lucha por el espacio, que no se dio de forma virulenta en épocas pasadas, se ha desencadenado al ahondarse la divergencia entre árabes y negros con la guerra del sur, la desidia del poder hacia las regiones negras en detrimento de las árabes y la disminución de zonas verdes y el avance de la desertización. Es importante advertir que la población árabe de esta región es musulmana y que la población negra, aun contando con minorías cristianas y animistas, también es musulmana, a diferencia de lo que sucede con los negros del sur (cristianos y animistas).



La reacción de Khartoum no se hizo esperar. Ante el temor de que un replanteamiento global del poder en Sudán (en el Oeste –Darfur– sumado al del Sur) pusiera fin al dominio de los árabes sobre los negros (fuesen cristianos o musulmanes), el gobierno árabe de Khartoum decidió aplastar la rebelión en Darfur. Pero para ello existía un problema. El Ejército regular del Sudán estaba, sí, compuesto en su inmensa mayoría de musulmanes (que se enfrentaron a los no musulmanes del Sur), pero el Ejército estaba formado aproximadamente por un 50% de negros de Darfur y de un 50% de árabes del Norte y del Este. Si bien el Ejército, mayoritariamente musulmán, podía servir fielmente a Khartoum frente a la rebelión de los negros no musulmanes del Sur, era difícil exigir a los soldados negros originarios de Darfur que masacrasen a sus hermanos. Para evitar eventuales problemas de indisciplina o falta de “motivación” en las tropas se creó una milicia, exclusivamente árabe, pero armada desde el Gobierno: los siniestros Janjaweed, grupos paramilitares de árabes, mayormente nómadas y pastores.
Photo: Michael Kamber/ Reuters

jueves, 3 de enero de 2008

DARFOUR, LA CHRONIQUE D´UN "GENOCIDE AMBIGU" - PAR GÉRARD PRUNIER


Le Soudan, le Tchad et la Centrafrique, déstabilisés par le conflit au Darfour, se sont engagés à respecter la souveraineté de leurs voisins, au sommet France-Afrique de Cannes, le 14 février. Mais l’agitation diplomatique masque un blocage politique international sous-tendu par des enjeux pétroliers. Les massacres au Darfour auraient déjà fait quatre cent mille victimes.


Environ deux millions de personnes ont fui le Darfour (nord-ouest du Soudan) depuis 2003, deux cent cinquante mille depuis août 2006 (
1). Le Tchad voisin est déstabilisé par l’afflux de deux cent vingt-cinq mille réfugiés. En quatre ans, le conflit aurait fait quatre cent mille morts. Les équipes humanitaires des Nations unies et des organisations non gouvernementales (ONG) ont dû changer trente et une fois l’implantation de leurs camps afin d’échapper aux violences. Ce qui n’a pas empêché plusieurs de leurs agents d’être arrêtés par la police soudanaise et battus à coups de crosse, le 19 janvier, à Nyala. Douze travailleurs humanitaires ont été tués au cours de massacres, et cinq autres ont disparu.


Khartoum justifie les fréquents bombardements aériens en assimilant les victimes aux rebelles qui ont refusé de signer la « paix » d’Abuja (Nigeria), le 5 mai 2006 (
2). En fait, le gouvernement soudanais cherche surtout à empêcher les combattants de tenir un congrès destiné à unifier leur mouvement et à tenter de reprendre les négociations avec l’appui de la « communauté internationale » (3).


Face à cette chronique d’un désastre annoncé, l’Organisation des Nations unies (ONU) et l’Union africaine adoptent essentiellement des mesures symboliques et dilatoires. Depuis deux ans, une force interafricaine de sept mille cinq cents hommes, la Mission de l’Union africaine au Soudan (MUAS, en anglais African Union Mission in Sudan ou AMIS) est déployée au Darfour. Composée de contingents venant d’une dizaine de pays africains (Rwanda et Nigeria, principalement), cette force s’est révélée parfaitement inefficace. En effet, ses effectifs sont trop faibles : il faudrait au moins trente mille hommes pour couvrir les cinq cent mille kilomètres carrés du Darfour.


En outre, la MUAS, sous-équipée, ne dispose que d’un mandat ridiculement restrictif : les soldats n’ont pas le droit d’effectuer des patrouilles offensives, ils doivent se limiter à « négocier » et se contentent, en fait, de recenser les tueries. Enfin, il manque à la force internationale la volonté politique résolue de mettre fin à des massacres que l’Union africaine et l’ONU se refusent toujours obstinément à qualifier de « génocide ». Les soldats africains, désolés, déclarent eux-mêmes en privé : « Nous ne servons à rien. »


La MUAS est presque entièrement financée par l’Union européenne (les Etats-Unis y contribuant marginalement). Devant l’absence totale de résultats, les Nations unies ont décidé, le 31 août 2006, le déploiement d’une force d’interposition. Mais cette résolution (n° 1706) n’a jamais reçu le moindre début d’application car le gouvernement soudanais, dont l’accord est nécessaire, s’y oppose. Les diplomates se succèdent à Khartoum pour faire changer d’avis le président Omar Al-Bachir. Ce dernier leur oppose d’étonnantes objections : il accuse les Nations unies de « vouloir recoloniser le Soudan », prétend que cette force n’est en fait qu’une « couverture » pour que les Occidentaux « s’emparent du pétrole soudanais (
4) », évoque le sida « colporté par les forces internationales (5) » et menace de déchaîner contre les soldats de la paix « des unités spéciales qui pratiqueront des attentats-suicides comme en Irak ».
Bien sûr, la vérité n’a que peu à voir avec ces « justifications » fantaisistes. Sur son blog, M. Jan Pronk, ancien représentant spécial du secrétaire général de l’ONU au Soudan, expulsé en octobre 2006 par Khartoum pour avoir publiquement critiqué l’armée soudanaise, lève le voile : « De hauts responsables du gouvernement soudanais m’ont plus d’une fois déclaré avoir comparé les risques que présentait pour eux le fait d’obtempérer aux adjurations du Conseil de sécurité avec les risques que présentait le fait de refuser. Ne pas obéir impliquait de risquer la confrontation avec la communauté internationale. Mais obéir représentait un autre risque, celui de voir monter en puissance l’opposition intérieure, avec le danger de perdre le pouvoir. Ils m’ont dit avoir examiné ces risques et en avoir conclu que ceux qu’ils auraient courus du fait d’obtempérer étaient beaucoup plus grands que ceux qu’ils prenaient en refusant. » Et M. Pronk de conclure : « Ils avaient raison. »


Le régime soudanais craint que les casques bleus n’agissent comme bras séculier de la Cour pénale internationale, dont on sait qu’elle dispose, depuis deux ans, d’une liste de noms de criminels de guerre établie par les Nations unies. Bien que cette liste n’ait jamais été rendue publique, on estime que plusieurs hauts dignitaires soudanais, et peut-être le président Al-Bachir lui-même, y figurent. De telles poursuites, si elles étaient engagées, donneraient un puissant appui à l’opposition politique, et le fantôme de Slobodan Milosevic hante les cauchemars des islamistes.


Pourtant, alors que le régime continue à refuser le déploiement d’une force de l’ONU, il encourage la « communauté internationale » à continuer à financer la MUAS. Justement parce qu’elle ne sert à rien ! Cet « arrangement » est le reflet d’une hypocrisie négociée, car les Européens et les Américains, qui connaissent parfaitement l’inefficacité de la force africaine, feignent de l’ignorer. Cette gesticulation est destinée à donner l’impression d’agir. Londres a ainsi annoncé, le 23 janvier, l’attribution de 22 millions d’euros supplémentaires à la MUAS, alors que les diplomates britanniques déclarent en privé ne rien attendre de la force africaine pour protéger les civils des exactions des janjawids (lire «
Les protagonistes du conflit ») au Darfour.


Devant une situation aussi bloquée, les Nations unies ont fini par accoucher d’un nouveau concept : l’« hybridation ». Puisque Khartoum refuse une force onusienne mais accepte une force africaine, on pourrait peut-être lui faire accepter une force afro-onusienne. De quoi s’agirait-il au juste ? De l’adjonction à la MUAS de cent trois officiers de police et de vingt employés de bureau envoyés par New York ! Dans les couloirs de l’ONU et de l’Union africaine, on affecte de discuter gravement du dosage réel et potentiel de cette « force hybride ». Le 28 décembre 2006, le régime islamiste a accepté cette proposition, tout en sachant fort bien qu’elle ne constitue qu’un nouveau coup d’épée dans le sable et en s’arrangeant pour qu’elle le reste.


Comment expliquer une attitude aussi lâche de la « communauté internationale » ? Elle résulte tout d’abord de la position américaine, mélange de fausse habileté, de double langage et d’impuissance mal dissimulée par de fermes objurgations. Depuis le 11 septembre 2001, Washington considère que Khartoum s’est « acheté une conduite » en collaborant à la lutte antiterroriste. En effet, les services secrets soudanais ont mis au point une sorte de numéro « gentil flic, méchant flic » dans lequel M. Nafi Ali Nafi, ancien ministre de l’intérieur et conseiller du président Al-Bachir, joue le méchant alors que son adjoint, M. Salah Abdallah « Gosh », se présente comme le gentil. Tandis que M. Nafi est dénoncé comme un « extrémiste », « Gosh » – qui est pourtant l’un des principaux artisans de la répression au Darfour – est invité à des échanges de vues avec la Central Intelligence Agency (CIA) et se voit attribuer le rôle d’allié dans la « guerre contre le terrorisme ».


Les résultats pratiques de cette collaboration compromettante se font toujours attendre. Les déclarations officielles de Washington restent fermes, mais aucune mesure concrète ne les suit, même lorsque les propres alliés politiques du président George W. Bush l’y incitent. Ainsi le gouverneur républicain Arnold Schwarzenegger a-t-il fait adopter une loi obligeant les organismes publics californiens à vendre les actions qu’ils détiennent dans des sociétés américaines ou étrangères travaillant au Soudan. Cette politique de désinvestissement, qui avait déjà permis aux militants des droits de la personne de forcer la société pétrolière canadienne Talisman Energy à abandonner ses opérations au Soudan en 2003, n’a pas reçu l’appui de la Maison Blanche. La première victime de la duplicité américaine a été le propre envoyé spécial du président Bush, l’ancien directeur d’Usaid (
6) Andrew Natsios, qui, à bout de ressources, a fini par menacer le président Al-Bachir d’appliquer un mystérieux « plan B » au cas où le « plan A » (le déploiement onusien) se révélerait impossible. Mais, pressé par les journalistes, M. Natsios s’est montré incapable de fournir la moindre précision sur ce plan...
La Chine, acteur majeur de la géopolitique soudanaise, n’est pas pour rien dans l’inertie internationale au Darfour. Khartoum est son deuxième partenaire commercial sur le continent noir : les échanges bilatéraux représentent 2,9 milliards de dollars en 2006, et Pékin achète 65 % du pétrole soudanais. La Chine est le premier fournisseur d’armes du régime de M. Al-Bachir. Ce sont ses fusils qui tuent au Darfour. En visite au Soudan, début février, le président Hu Jintao s’est contenté de parler affaires et de visiter le site du nouveau barrage hydroélectrique de Méroé (1,8 milliard de dollars) financé par Pékin. S’il a bien « recommandé » au président Al-Bachir d’accepter le déploiement onusien, son manque de conviction était tel que son homologue soudanais a pu déclarer à bon droit ne s’être « senti soumis à aucune pression ». Aux Nations unies, Pékin exige benoîtement qu’en dépit de la résolution 1706 on « respecte la souveraineté nationale soudanaise ».




Loin derrière les Etats-Unis et la Chine, la France se démène dans l’ombre pour aider ses clients régionaux que le régime soudanais menace. Paris a longtemps protégé Khartoum de l’hostilité « anglo-saxonne », mais cela ne lui a guère valu de gratitude de la part du régime islamiste. Les permis pétroliers de Total dans le sud du Soudan demeurent toujours bloqués par des arguties juridiques, et les miliciens du régime s’emploient à déstabiliser, à partir du Darfour, les alliés de la France : le président tchadien Idriss Déby Itno et son homologue centrafricain François Bozizé.


De fait, malgré ses dénégations, M. Déby soutient la guérilla au Darfour, qui comprend de nombreux combattants zaghawas (lire «
Les protagonistes du conflit »), sa propre ethnie. Les forces françaises apportent un soutien logistique à l’armée tchadienne qui lutte contre les rebelles soutenus par Khartoum, et elles se sont engagées dans le nord de la République centrafricaine, en décembre 2006, dans des bombardements et des combats au sol pour chasser d’autres rebelles, eux aussi soutenus par Khartoum. Mais, au-delà de cette violence frontalière, les enjeux pétroliers sont réels. Le président tchadien entretient des rapports tendus avec les compagnies américaines qui exploitent l’or noir de son pays et qu’il a menacées d’expulsion (7). En avril 2006, les rebelles qui sont parvenus jusque dans les faubourgs de N’Djamena étaient équipés d’armes chinoises. Pékin chercherait-il à renverser les régimes en place en Afrique centrale (8) ?


Les Nations unies évoquent un « nettoyage ethnique » au Darfour, mais, à l’instar de l’Union africaine, n’emploient pas le terme « génocide ». Plusieurs arguments sont avancés pour justifier cette réserve, en particulier le mythe selon lequel il s’agirait d’« affrontements tribaux » liés à la dégradation des conditions climatiques du Sahel, laquelle amènerait les pasteurs nomades arabes à se battre avec les paysans sédentaires noirs pour le contrôle des pâturages. Comme tous les clichés, celui-là contient une part de vérité. Cependant, il ne résiste pas à un certain nombre de faits.


En premier lieu, les bombardements aériens peuvent difficilement être dus à des pasteurs nomades traditionnels. En deuxième lieu, les milices janjawids sont armées, logées et équipées par l’armée régulière, qui combat souvent à leurs côtés. En troisième lieu, depuis la mi-décembre, la principale ethnie arabe du Darfour, les Bagaras Rezeigats, a créé sa propre guérilla, invoquant la misère du peuple et la négligence des autorités pourtant « arabes » de Khartoum (
9). Enfin, les milices qui s’attaquent systématiquement aux tribus négro-africaines sont loin d’être la simple expression armée des pasteurs nomades arabes. On y trouve des repris de justice de diverses origines ethniques libérés contre promesse d’un engagement milicien, des déserteurs de l’armée gouvernementale stationnée dans le Sud et sans emploi depuis l’accord de Nairobi en 2005 (10), des membres de petites tribus chamelières de l’extrême nord du Darfour comme les Jallouls (qui sont, eux, les seules vraies victimes du changement climatique) et même des membres de certaines petites ethnies négro-africaines comme les Gimr qui espèrent, en rejoignant la cause des génocidaires, être cooptés dans la grande famille « arabe » dont l’importance leur paraît promettre prestige social et avantages économiques.


Mais pourquoi Khartoum souhaiterait-il exterminer, ou du moins soumettre en les obligeant à se repentir, les populations négro-africaines de sa province occidentale ? La cause ne peut pas être religieuse puisque tout le monde au Darfour, les tueurs comme les victimes, est musulman et sunnite.


En réalité, la raison est racioculturelle. Les Arabes sont minoritaires au Soudan. Et les islamistes ne sont que l’ultime incarnation historique de leur domination ethnorégionale. Or la paix entre le Nord et le Sud est en train de se déliter rapidement. Le 9 janvier, le vice-président sudiste Salva Kiir Mayardit a tiré un véritable coup de semonce lors du second anniversaire de l’accord de Nairobi en avertissant le président Al-Bachir que, si les choses continuaient ainsi, la sécession était inévitable d’ici quatre ans.


Pour l’élite arabe de Khartoum, il y a urgence. Il faut donc manipuler le tracé frontalier Nord-Sud qui place la plus grande part du pétrole au Sud (c’est en cours), se préparer à la reprise éventuelle des hostilités (on achète des armes), ancrer de solides alliances internationales (la Chine est acquise et l’Iran en cours de séduction) et conserver la maîtrise du territoire en créant un cordon sanitaire ethnorégional : les monts Nouba au Kordofan et le Darfour en feraient partie (
11). Or si les tribus noubas ont été écrasées militairement entre 1992 et 2002, le Darfour paraît beaucoup plus menaçant. Les hiérarques arabes de Khartoum veulent éviter à tout prix une brèche par laquelle les Noirs de l’Ouest s’allieraient demain avec un Sud négro-africain indépendant... et pétrolier !


Par conséquent, il devient stratégique de mater le Darfour révolté par n’importe quel moyen. Or l’armée régulière, qui compte dans ses rangs nombre de représentants des ethnies négro-africaines de cette région, n’est pas suffisamment fiable pour exécuter cette besogne. D’où le recrutement des milices janjawids « arabes », en fait largement composées de groupes minoritaires ou de déclassés sociaux. Cela permet en outre d’éviter à tout prix que les « vrais Arabes » du Darfour, c’est-à-dire les diverses tribus bagaras (dont les rezeigats), qui représentent entre 22 et 30 % de la population de la région, ne versent à leur tour dans l’insurrection. Tout autant victimes de la discrimination sociorégionale que leurs concitoyens noirs, les Bagaras ne se trouvent du côté des élites tueuses de Khartoum que par le jeu de la fausse conscience d’une arabité plus fantasmée que réelle.


Au total, la protection des bénéfices pétroliers s’effectue au prix d’un système mortifère. Et ce prix est en train d’être payé. Contrairement au Rwanda, où huit cent mille personnes avaient été annihilées en une centaine de jours, le nettoyage ethnique du Darfour dure depuis quatre ans. Et ceux qui osent encore dire « plus jamais ça » font preuve soit d’inconscience, soit d’une hypocrisie monstrueuse. Une fois de plus, l’importance des cadavres dépend de la couleur de leur peau...

Gérard Prunier.

Gérard Prunier
Chercheur au Centre national de la recherche scientifique (CNRS, Paris) et directeur du Centre français d’études éthiopiennes (Addis-Abeba), auteur de Darfur : The Ambiguous Genocide, Hurst, Londres, 2005.
(
1) Lire Jean-Louis Peninou, « Désolation au Darfour », Le Monde diplomatique, mai 2004.
(
2) Une seule fraction de la guérilla avait accepté de signer à Abuja, celle que dirigeait M. Minni Minnawi. Depuis, ses membres se sont transformés en auxiliaires du gouvernement ou ont disparu.
(
3) Les bombardements se sont régulièrement produits aux endroits où des envoyés de l’Organisation des Nations unies (ONU) et de l’Union africaine venaient de rencontrer les guérilleros.
(
4) Pour l’instant, il n’existe aucune preuve d’une présence de pétrole au Darfour pour la simple raison qu’aucune compagnie pétrolière n’y a jamais effectué de recherches systématiques.
(
5) Les récentes accusations (justifiées) de pédophilie à l’encontre de certains casques bleus asiatiques de la Mission des Nations unies au Soudan (Minus), qui garantit l’accord de paix Nord-Sud, ont été immédiatement utilisées par Khartoum pour justifier sa position.
(
6) United States Agency for International Development (Agence américaine pour le développement international).
(
7) Lire Anne-Claire Poirson, « Où est passé l’argent du pétrole tchadien ? », Le Monde diplomatique, septembre 2005.
(
8) On ignore s’il y a du pétrole en République centrafricaine. Mais la chose est géologiquement probable étant donné que le bassin tchadien se trouve proche de la frontière de la Centrafrique.
(
9) En fait, les Arabes sédentaires de la vallée du Nil (qui se nomment eux-mêmes awlad al-beled) méprisent leurs cousins arabes nomades du Darfour, qu’ils considèrent comme des sauvages arriérés.
(
10) L’accord de Nairobi (Kenya), signé le 9 janvier 2005 entre Khartoum et l’Armée populaire de libération du Soudan (APLS), prévoit un partage du pouvoir et de la manne pétrolière. Lire « Paix fragile et partielle au Soudan », Le Monde diplomatique, février 2005.
(
11) Khartoum cherche à se protéger des « esclaves ». C’est le terme encore couramment utilisé pour parler des Noirs au Soudan. A Khartoum même la destruction des bidonvilles noirs, la déportation des squatters dans le désert (appelée kasha) et la confiscation des terres qu’ils occupent au profit de développements immobiliers « arabes » haut de gamme représentent le volet urbain « acceptable » dans lequel la Banque mondiale voit des « opérations de développement ».

- Le monde Diplomatique - Mars 2007.

Photo: AP / Christophe Ena